Mario Corona

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El Vidrio

El Vidrio

El vidrio, el elemento básico de un vitral, se obtiene hoy día mediante dos procedimientos: manual y mecánicamente. Por el primero, usando la técnica de los artesanos vidrieros de la Edad Media, se obtiene el vidrio antiguo, empleado con preferencia para la construcción de los vitrales, por su calidad y por la extensa gama de colores. Su proceso de fabricación se diferencia tan sólo del empleado en el siglo XI por la utilización del fuel p'ara alimentar los hornos y el uso de nuevas materias colorantes que permiten conseguir una gama ilimitada de tonalidades.

Este proceso comienza con la colocación en el crisol de los productos necesarios para obtener un determinado color. La sílice se utiliza como materia vitrificante; el carbonato sódico como fundente y estabilizante, y los nitratos sódico y potásico como agentes oxidantes. El color lo darán los distintos óxidos metálicos que se añaden a esta mezcla básica: el óxido de cobre dará tonalidades verdes; el azul se obtendrá con óxido de cobalto y si a éste se le añada óxido de manganeso se consiguen tonalidades violáceas. En el siglo XII, para obtener el rojo se usaba como agente colorante el óxido de cobre tratado a altas temperaturas, pero el resultado era un rojo tan intenso que prácticamente era opaco; la solución estaba en conseguir láminas más delgadas de vidrio, pero esto aumentaba su natural fragilidad. Entonces se ideó un sistema que dio lugar a un nuevo tipo de vidrio antiguo, denominado plaqué, que se sigue utilizando en la actualidad y que no se limita ya a los tonos rojos, sino que puede fabricarse en cualquier color. Consistió en revestir una lámina de vidrio incoloro con otra de color rojo, de espesor variable según la intensidad que se deseaba. Posteriormente, para la obtención del rojo, así como del amarillo, se usó el cloruro de oro, que en la actualidad ha sido sustituido por sales de selenio. Todos los vidrios coloreados, ya sea con óxidos de cobre, con cloruros de oro o sales de selenio sometidos a temperaturas superiores a los 1.300° C, consiguen el color rojo, y por debajo de esta temperatura se obtiene una escala de color proporcional a la temperatura, que desciende del anaranjado al amarillo.

Cuando la mezcla ha llegado a su temperatura óptima, alrededor de los 1.200° C, se la extrae del crisol por medio de un largo tubo de hierro, denominado caña, y soplando por el extremo opuesto se transforma la masa en una botella de vidrio. A continuación se desprende la botella de la caña cortándole los dos extremos, y se abre longitudinalmente el cilindro resultante de la operación anterior, a la vez que va extendiéndose mediante unas palas de madera, con lo que se consiguen unas pequeñas planchas de medio metro cuadrado que deberán ser recocidas en hornos especiales, a temperaturas entre 350° y 450° C, a fin de estabilizar las tensiones interiores de la masa vitrea. De suprimir esta fase el vidrio se rompería al menor cambio de temperatura, presión o humedad.

Con el procedimiento mecánico se obtienen los vidrios colados o impresos. La pasta de vidrio fundido circula entre unos rodillos que la laminan, le confieren un grosor uniforme, a la vez que dejan marcado el dibujo grabado en su superficie. Este procedimiento permite la obtención de grandes planchas de vidrio translúcido de entre 2 y 3 m2 y de 2,5 mm de grueso. Aunque su calidad no es comparable a la del vidrio antiguo, en sus comienzos a principios de siglo se fabricaba con gran variedad de colores. En la actualidad, el proceso industrial ha arrinconado el espíritu artesano de sus iniciadores y, en aras de una mayor rentabilidad, las fábricas de vidrio colado han ido suprimiendo paulatinamente la variedad de colores limitándose a la obtención de unos pocos, suficientes para vidrieras y acristalamientos, pero totalmente insuficientes para el vitral. Sólo se emplean en algunas composiciones, contrastando su efecto translúcido con la transparencia del vidrio antiguo.

Posted on 16 Feb 2017 by Mario Corona


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Somos un taller artesanal con una gran tradición artística, desde su fundación en 1942 por el Prof. Ramón Corona Apicella, quien inventó el vidrio de burbuja y fundó el Taller de Vitrales del Instituto Nacional de Bellas Artes, que fue el primero en impartir clases y formar técnicos profesionales para la fabricación de vitrales en México.

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