Anécdotas: Vitrales restaurados (I) @ 28 Aug 2017

"Lo primero que se ve en la nave principal de la iglesia son dos vidrieras de colores de dos paneles cada una. En el panel de la extrema derecha destaca un medallón.

La procedente de la Catedral de Chichester, Inglaterra; en él, un santo de túnica roja instruye a un discípulo sobre un llamativo fondo azul marino. Encima del medallón hay un rostro dorado de cristo, traído de la Catedral de Manchester. En el panel de la izquierda, otro medallón ostenta una cruz y un caballero de San Jorge, de la Iglesia de la Santísima Trinidad, en Brighton. Debajo hay un cordero de la Iglesia de San Pedro, en Bournemouth. ¿Y la amapola roja de Francia...? Ah, allí está, bajo una mano, arriba y a la derecha de la aureola del santo de Chichester. La mano viene de la Iglesia de la Santísima Trinidad, en Southampton. 

La Iglesia de Cristo, parroquia anglicana de Meaford, Ontario, está muy lejos de las ciudades europeas bombardeadas en la Segunda Gue-rra Mundial, pero en ella hay cuatro vidrieras de esplendorosa belleza, compuestas por fragmentos de vi-trales de 125 iglesias destruidas o da-ñadas por la conflagración. Estos re-tazos de color son un monumento en honor a los fieles de la parroquia caídos en combate, y un recordato-rio dulce y amargo a la vez de los su-frimientos y sacrificios de ese con-flicto épico.

¿Cómo llegaron aquí? 

La historia comienza en el verano de 1941, cuando el párroco de la Iglesia de Cristo, Harold Appleyard, entonces de 36 años, supo de la muerte del piloto militar George Stevenson, el primero de sus feligreses caídos. Stevenson trabajaba en la granja lechera del pueblo y tenía pensado casarse con Marian Randle. ¿Cuántos más morirán?, se preguntó el pastor cuando salía a consolar a la familia. Como todo Canadá, Meaford, población de 3500 habitantes, estaba enviando a sus jóvenes a pelear contra la Alemania nazi. Appleyard, cuyo padre había sido capellán del ejército y ganador de la Cruz Militar en la Primera Guerra Mundial, presentía que aquélla era sólo la prime-ra de una larga serie de desgracias. Debemos dedicar un monumento apropiado a los caídos, decidió. Siguiendo el ejemplo de su padre, Appleyard, que estaba casado y tenía dos hijos, se enroló en el ejército como capellán y quedó adscrito a los Fusileros Canadienses, en el Re-gimiento de la Ciudad de Londres. En el verano de 1942 fue enviado con el rango de capitán a adiestrarse con su unidad a Sussex, cerca de la costa del canal de la Mancha. Aunque la Batalla de Inglaterra se había ganado, aún se temía una invasión alemana. Los decididos británicos se habían armado con lo que podían, desde bieldos hasta mosquetes, y miles de voluntarios, sobre todo amas de casa y hombres mayores, ayudaban al ejército a defender las costas. Instalaron alam-bradas de púas al borde de los acantilados y construyeron trampas para tanques en las playas. Todas las ventanas estaban tapiadas, los autobuses llevaban cubiertas las luces de marcha y los voluntarios interrogaban a todo aquel que pasaba por los puestos de vigilancia. La aviación alemana, no contenta con haber bombardeado muelles, puertos, ferrocarriles y aeropuertos ingleses durante la guerra relámpago de 1940 y 1941, había reanudado sus ataques, y esta vez parecía tener en la mira sitios de interés histórico y cultural. Appleyard estaba apabullado por la magnitud de la devastación. Dondequiera que iba, veía casas y edificios arrasados, e iglesias en ruinas. Siempre que podía llegar a Londres, pasaba la noche haciendo guardia en la Catedral de San Pablo. Cada vez que las sirenas empezaban a sonar ante la proximidad de un ataque aéreo, sus compañeros y él se encaramaban en el tejado, provistos de largas tenazas de madera, para coger las bombas incendiarias y arrojarlas al suelo. Cuando no se encontraba en Londres y estaba de permiso, se dedicaba a recorrer la campiña del sureste del país. Un día vio unos vidrios de colores entre los escombros de una iglesia incendiada. Eran los frag-mentos tiznados, pero aún brillantes, de gloriosos vitrales, algunos sin duda de siglos de antigüedad. El religioso se guardó unos cuantos en el bolsillo y, ya en el cuartel, los limpió y anotó su procedencia. Acaso puedan renacer y formar un vitral en mi parroquia, se dijo. Sería una forma apropiada de tender un puente entre el sufrimiento de los ingleses, abatidos, mas no derrotados, y los sacrificios de su feligresía. El pastor empezó a dedicar sus ratos de ocio a buscar más vidrios entre los escombros de las iglesias. Consiguió permiso para recogerlos, y fue etiquetando y catalogando uno por uno. El 10 de febrero de 1943, mientras Appleyard se encontraba en Chichester, se produjo un ataque aéreo y una bomba destrozó las vidrieras de la catedral. Una cuadrilla de limpia juntó los fragmentos de un medallón y se los entregó al capellán canadiense. Las piezas estaban intactas; sólo se habían desprendido del emplomado. Appleyard las llevó a la fábrica de vitrales Cox & Barnard para que volvieran a emplo-arlas. En el medallón restaurado 1 pastor contempló, jubiloso, al santo de túnica roja instruyendo a su jo-ven discípulo. Coleccionar piezas para el vitral conmemorativo fue desde entonces su obsesión. Estos fragmentos de su diario, escritos en la primavera de 1943, demuestran el alcance y la intensidad de su búsqueda: 18 de marzo. Fui a Liverpool. Las ventanas de la catedral sólo están un poco dañadas..."

Fuente: Neely, Lois. (Febrero 1999). Homenaje de Luz a los Caídos. Colección Selecciones.